Las primeras reuniones del G20 sirvieron meramente para calmar a los mercados financieros, que habían entrado en modo pánico. Pero la sucesión de reuniones ha puesto de manifiesto la dificultad de llegar a acuerdos dentro del grupo debido a las diferencias entre países, principalmente emergentes y desarrollados, que parecen irreconciliables.
Y este fin de semana el G20 se ha vuelto a reunir en Toronto, con tres cuestiones principales sobre la mesa:
1. La regulación del sistema financiero.
2. Los tipos de cambio como factor de competitividad.
3. La retirada de las medidas fiscales expansivas.
Vamos con las principales resoluciones de la reunión:
· Las economías desarrolladas están de acuerdo en estabilizar o reducir su ratio de deuda sobre PIB.
· La reforma financiera presenta diferencias en función del país del que se trate.
· Se mantienen los retos para la recuperación económica mundial que será débil y desigual.
· Acuerdo para perseguir mayor flexibilidad en los tipos de cambio de los países emergentes.
· Los planes fiscales serán diferentes en función de las condiciones de cada nación, pero se mantendrá el foco en medidas para apuntalar el crecimiento.
· Hay posiciones enfrentadas a la hora de imponer un impuesto a la banca.
Cada vez que se producen este tipo de reuniones entre las principales economías del mundo se ponen de manifiesto dos cosas: que existe el ánimo de alcanzar acuerdos que sean beneficiosos para todas las partes, y que hay poca voluntad de ceder las pretensiones unilaterales. Y así es complicado llegar a ningún acuerdo relevante. ¿Se darán cuenta alguna vez los políticos que tienen que pagar un alto precio en el corto plazo para alcanzar un futuro mejor?
Repasando los momentos claves de nuestra historia es especialmente interesante la época que va desde la Belle Époque (periodo que abarca la última década del siglo XIX y el estallido en 1914 de la Primera Guerra Mundial) hasta la Gran Depresión (1929). Y cómo se puede pasar de la etapa de mayor prosperidad económica y social gracias a la revolución tecnológica y financiera global, especialmente en Europa, a las consecuencias devastadoras, humanas y económicas, de la 1ª Guerra Mundial. Y todo gracias a políticos descerebrados incapaces de analizar mínimamente las consecuencias últimas de sus actos. Y eso que tenían la suerte de contar con algunas de las mentes económicas más brillantes de la historia, como el genial John Maynard Keynes, que no se cansaron de alertar del caos global que supondría iniciar una guerra a escala mundial.
Pero no se les escuchó.
No me planteo nada similar en la actualidad, pero está claro que las decisiones que van a hipotecar nuestro futuro en la próxima década las siguen tomando políticos, que simplemente persiguen perpetuarse en el cargo sin ser conscientes de las repercusiones de sus actos. La historia se repite un siglo después.
GERÓNIMO
“El inversor inteligente es aquel que compra al pesimista y vende al optimista.”
Benjamin Graham.